La madre, los hijos, los amantes.
Todos tenían derecho a aquel minuto
A aquella hora, a aquel día
Que sumaron cientos.
Yo retenía avaramente la tarde,
La noche, la madrugada,
Que nunca amanecía
En el derroche de vida,
que todos requerían
Me hurtaron trocitos de goce,
Pedazos de paz, de triunfo, de guerra,
Que era mi vida,
Siempre a la espera del perdón
De la madre, de los hijos, del amante
Yo no era yo hasta la madrugada
Efímera e indiferente
A mis trocitos de vida perdidos
Arrancándose con dolor
Que yo reunía paciente y resignada
Como Penélope día tras día
Reconstruía el tejido consútil de mi vida
En las noches insomnes
Y en las madrugadas frías, que todos,
Madre, hijos, amante, me robaban
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