“…No pienses que me has vuelto a perder, piensa simplemente que estoy
por ahí, en algún sitio.
Dios mío, una vez que le dé a ENVIAR, ya no va a ver marcha
atrás… Estoy muerta de miedo y de
pena.
Hasta siempre. Ya sabes que te quiero”.
Una vez más les
has puesto freno a mis decisiones -que no a mis deseos-, o puedo simplemente
decir, que otra vez les has dado marcha atrás. No pensé que de nuevo fuera
posible. O tal vez debí haberlo intuido, como transcurren las cosas en esta
¿relación? Parece que era de esperar. En realidad ahora tengo el mismo miedo,
aunque menos pena, si bien ésta vuelve a marchas no muy forzadas, pero in
crescendo. Frenar ha sido, yo creo, para lo
mismo de siempre, evitar el dolor que supone decirnos adiós, porque mira que
duele, y no sirve aquí eso de más vale uno colorado que ciento
amarillo, que va a ser que el rojo no nos
sienta bien. Y el rato inmediatamente después, el de hablar desde el
acorchamiento de una cabeza embotada por la falta de sueño y unos ojos
hinchados de tanto llorar, a los que se les intuye agotado el producto por
sobreexplotación; ese es tranquilo: un pequeño y falaz momento de felicidad con
algunas lágrimas y menos risas de alivio por la incipiente y efímera –porque ya
auguramos que va a ser efímera- recuperación del ser amado. Y de hecho poco dura
la alegría, que antes de que llegue la noche, la ansiedad ya se ha enganchado a
tu pecho, agarrada con uñas y dientes sin dejarte respirar.
Y, ¿ahora qué?
Volvemos a empezar un círculo de tristezas que se estrecha cada vez más
rápidamente: una esperanza diaria que nace fuerte por la mañana para llegar agotada a las noches a morir
desahuciada en una angustia insoportable. Palabras y sentimientos contenidos,
que terminan por convertirse en enfados mal proyectados y acaban por enseñarnos
el reflejo de un otro, de una otra, que para nada somos tú y yo, y que genera
más extrañamiento a la situación. Y es que por más que te busco, no reconozco
en quien me habla a la persona de la que me enamoré. Ahí, donde la chispa
empieza a marchitarse, es cuando la incertidumbre, que ya ha crecido, se junta
con la pena, que a estas alturas es inmensa, y entre las dos crean el enfado y
la rabia de las que sale otra carta -amable y cariñosa, eso sí- como la de
ayer, o tres o cuatro mensajes, que aunque más cortos, vienen a decir lo mismo.
…Y volvemos al
círculo. Y yo me despido de ti, y tú me dices que sí, que es lo mejor, q es
necesario para que siga adelante, y me cuentas algo de un tratamiento de
pastillas anti penas y risas con amigas y tabaco –temporal- y algunos cubatas o
muchos, porque tengo que olvidarte, que lo nuestro no puede ser, y hacer cosas
para ser feliz, pero es que eso cuesta tanto, porque me echas de menos y duele
tanto decirse adiós, que a lo mejor podemos mandarnos un mensaje de buenos días
y otro de buenas noches, que sólo sea eso, y yo te digo que claro, que cada
mañana y cada noche, que siempre duermo abrazada a ti, porque a tu lado se
duerme tan calentito, y entonces me dices que me acerque, que tú me abrazas la
siesta, que respire contigo, que ya se acabó el suplicio por hoy, y yo me
acerco y te pido que me acaricies el pelo y me acurruco en tu pecho y ralentizo
la respiración, y te duermes y me duermo, cada uno en su sillón, apoyado en el
regazo del otro, para despertar una hora más tarde y vivir durante siete
segundos la felicidad de haber dormido juntos, hasta que me doy cuenta y te das
cuenta de que para encontrarnos de nuevo hay que coger el móvil y mandar un
mensaje. Y sientes, cómo la ansiedad sube y vuelve a clavar sus uñas en tu
pecho y ves venir a lo lejos la esperanza arrastrándose, ya marchita, casi
muerta.
María Alonso
María Alonso
No hay comentarios:
Publicar un comentario