viernes, 7 de noviembre de 2014

Gertrude Stein y Alice B. Toklas

 

Gertrude Stein y Alice B. Toklas 

25 años de convivencia. 

Una de las parejas lésbicas más famosas del siglo XX


A pesar de ser norteamericanas, se conocieron en París en 1907, el mismo día en que Alice aterrizó en París. Gertrude estaba interesada en ella desde antes de su encuentro: conocía las dos relaciones lésbicas que había mantenido Alice en el pasado, a través de las cartas conservadas por una amiga común. Gertrude tenía ya cerca de 40 años, pero el amor  transformó la represión y amargura que la caracterizaban en una pulsión sexual y literaria burbujeante. Desde entonces vivieron juntas hasta la muerte de Gertrude, en 1946. 

 Reunieron una extraordinaria colección de pintura, que compraron a precios hoy risibles, pues tuvieron contacto directo y supieron apreciar las obras de Picasso, Cézanne, Renoir, Braque, Matisse y otros grandes, cuando muchos de ellos aún no eran considerados clásicos.

Alice: una cocinera espectacular,  preparaba banquetes para Gertrude y sus invitados. Su visble bigote hacía que los niños creyeran que era un hombre disfrazado de mujer.  Siempre estuvo a la sombra de Gertrude, a quien decidió servir y mimar para que hiciera su obra inmortal…. Sin embargo, a pesar de su aparente insignificancia, Alice era quien controlaba estrictamente las visitas al círculo de los escogidos que podían acercarse a Stein. Servía de intermediaria con los que deseaban conocer a la diva incomprendida. Y fue ella quien contribuyó a crearle una leyenda de escritora extraordinaria cuando, en realidad, las editoriales se negaban a publicar sus libros por ininteligibles.

Gertrude: con un eterno sobrepeso, calzada con zapatones enormes, de risa fácil y contagiosa, aunque con un ego a la vez duro e inflexible, si alguien ponía en duda sus cualidades literarias. Sibarita golosa de la cocina de “su esposa”, de su “gatita” (como ella llamaba a Alice delante de todos, sin importarle un comino quien estuviera delante), deseosa de que se reconociera su genio (lo cual decía sin ambages y sin sonrojarse lo más mínimo), y aparentando ser la más fuerte, llamándose a sí misma “el esposo” de la pareja, aunque en realidad el poder oculto tras las sombras era Alice.

Obsesionada por crear algo nuevo con el lenguaje, como estaban haciendo otros artistas a su alrededor, intentó llevar a las letras el concepto del cubismo. Admiraba la obra de Picasso y quería poder describir la realidad como él hacía en sus lienzos, mostrándola desde muchos ángulos diferentes. Sin embargo, sus esfuerzos por crear algo realmente original resultaron experimentos fallidos y neuróticos.

A una edad avanzada, Gertrude contaba ya con una considerable producción literaria no publicada. Y ante la reiterada falta de apoyo por parte de las editoriales, fue Toklas quien montó su propia empresa: Plain Edition. Para financiar el proyecto no dudó en convencer a Gertrude para que vendiera su cuadro de Picasso, Mujer con abanico, a pesar de que separarse de él le provocara una gran tristeza.


Gertrude logró dotar al mundo literario de una de las frases más famosas y citadas de la literatura del siglo XX: “A rose is a rose is a rose”, que se ha convertido en una metáfora para designar las cosas que “son de un modo y no de otro”.

¿Quién hubiera imaginado que la famosa Stein, a quien Hemingway pedía su opinión y cuya crítica aceptaba agradecido, llegaría a ser un lejano recuerdo para las generaciones del nuevo milenio, mientras que él mismo conseguiría el Nobel y tendría uno de los estilos narrativos más estudiados e imitados del siglo?

Y sin embargo, aunque la sombra del tiempo terminó por caer sobre una de las divas literarias más connotadas de su época, semejante olvido no ha logrado desvincularla de los llamados ísmos vanguardistas. Sus experimentos con el lenguaje podrán parecernos pedantes y absurdos hoy, pero su personalidad y su influencia sobre otros autores (acrecentada por la vigilancia feroz de su más fiel admiradora, que nunca dejó de transcribir los ininteligibles manuscritos que la diva emborronaba por las noches) son inseparables de la época más prolífica y renovadora del siglo pasado. Gertrude y Alice lograron el milagro de formar parte de la historia literaria del siglo sin llegar al Olimpo de la literatura.

Fueron esposas, amantes, confidentes y socias. Se las reconocerá siempre como dos partes complementarias de un mismo todo. Hasta tal punto que Gertrude Stein titula sus propias memorias Autobiografía de Alice B. Toklas.

Hablar de ellas es invocar a dos de las amantes más conocidas de la Rive Gauche parisina. Esta pareja representó la tradición patriarcal en su máxima expresión.

Alice se convirtió en su esposa en el más convencional y sumiso sentido del término. Pero también en la primera mujer con quien compartir y mejorar sus textos y estilo. Junto a ella, Gertrude equilibró un carácter introvertido y una literatura inmadura aún, y alcanzó nuevas cotas en la poesía lésbica más explícita escrita hasta entonces. De esta forma.

En el salón de su casa se congregaban los mejores artistas del momento, los exiliados y los consagrados (Hemingway, Picasso, Ezra Pound, Braque, Matisse…) y allí bebían absenta y saboreaban las divertidas recetas de Alice, que incluían su famoso brownie de marihuana. Sus tertulias incluyeron a escritores como Ernest Hemingway, Guillaume Apollinaire, Sherwood Anderson, Thorton Wilder y otros visitantes por el estilo. Algunos como James Joyce, Ezra Pound, F. Scott Fitzgerald, Sinclair Lewis y Dashiell Hammett, también tropezaron con ellas en medio de la ajetreada vida cultural de esos días.

En la obra de Stein se transpira la devoción que Toklas despertaba en ella. La escritora y poeta cayó enferma de cáncer, y murió en 1946. Su mujer la sobrevivió durante dos décadas, en las que publicó su famoso libroLas recetas de Alice B. Toklas, donde entremezcla con originalidad los mejores platos y relatos de su vida.

Alice murió en 1967 entre grandes apuros económicos, tras el expolio de obras de arte al que la sometió la familia de quien fuera su mujer. Tenía 89 años, y sus restos descansan en el cementerio de Père Lachaise en París. Al morir Gertrude, salieron a la luz sus propios talentos, pero ella pareció haber sido feliz al centrarse en su relación.

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