Últimamente no puedo levantar la
vista del suelo cuando salgo. Las aceras y los bancos han cambiado de color.
Hay gente tirada y maletas y un cuenco vacío o simplemente la mano
semiextendida en actitud pedigüeña.
Cuento ya dos otoños y un verano
en que todas las mañanas, da igual la hora, esa sudadera amarilla y negra
sentada en el mismo ángulo del escaparate de enfrente, sujetando un vaso entre
las manos, sigue con la mirada mi recorrido al pasar. Aunque de alguna manera
ya somos vecinxs, no conozco su nombre ni siquiera he oído su tono de voz. Tan
sólo sé de él que su trabajo es pedir enfrente de mi casa. Él sabe que tengo un
perro y que bajo a comprar cada día.
Y da igual dónde vaya o la hora.
La foto se me repite una y otra vez, variando la edad, el sexo o la
nacionalidad. Pero no nos engañemos, que la mayoría son españolxs, de Granada,
seguramente. En la puerta del súper, una pareja –porque son dos, que yo no
conozco su relación-, hablan distraídos entre ellxs o eso parece, mientras
esperan que con el flujo de gente que entra y sale, su cuenquecillo se vaya llenando. Apoyada en una mochila, la
estampa de un Cristo. Me extraña su actitud alegre. Las risas pueden, a veces,
hacer esas cosas o simularlas. En el cartel que presenta la escena reza: para
el alquiler, la luz y el agua. A mí me sube
un nudo desde el estómago que intuyo pretende colocarse en un hueco estratégico
que hay en mi garganta, ya lo tengo ubicado. Pero les echo unas monedas y me
trago el nudo, mientras alivio mi culpa de no sé por qué, y me voy
preguntándome, qué ha pasado para que sean ellxs y no yo. Que dios te
bendiga, me dicen. Yo no tengo dios pero,
¿de verdad esas monedas merecen ser bendecidas por nadie? ¿Compartir lo que me
sobra, porque no tengo nada más que dar? ¿O tal vez sí, y eso me lo guardo para
mí?
De vuelta a casa, y tan sólo a
diez metros del portal, el hombre de aseo dudoso -es normal, lleva ahí toda la semana, domingos incluidos-,
lee afanoso un libro gordísimo. Lo contemplo admirada, porque no sé si yo
podría leerme algo tan grande sentada en esa postura y con el frío que hace o
porque la vergüenza no me deja concentrarme. La siguiente vez que lo veo, él,
la caja en la que se sienta, su vasito vacío, la manta que suele echarse sobre
la espalda, la mochila sucia -su equipaje-, y el dálmata que lo acampaña a
todas partes, se han trasladado a la acera de enfrente. El rayo de sol calienta
ahora esa esquina. Un pellizco en el estómago me retuerce el abdomen, mientras
me pregunto, si entre sus sueños de niñez estaba éste.
Más tarde pasando por una de las
zonas con más tránsito de
personas, coches, dinero y tiendas de esta ciudad, la postal, ya desgastada de
tanto tocarla, se repite hasta cinco o seis o siete veces en un espacio de
cincuenta metros. Dos años sin
trabajar. Son tres niños. Es para una operación. No pido dinero, dame un empleo. Acelero el paso y subo el volumen de mis
auriculares, por si la música me ayuda a tragar el nudo de pelo que a estas
alturas ya se ha instalado en mi garganta, y no me deja respirar. ¿Qué ha
sucedido en sus vidas? ¿Qué tiene que pasar por sus cabezas para llegar a
decidir que no queda otro remedio? ¿En qué bolsillo han guardado su dignidad y
su orgullo? ¿Qué pensarán de mí cuando paso por delante dejándolos quedar
desapercibidxs, invisibles? Y yo todavía me puedo permitir el lujo de escribir
sobre ellxs.
María Alonso
María Alonso
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